14 jun 2013

NOVELAR LA HISTORIA


Bajo este título voy a exponer unas pequeñas reflexiones sobre la narrativa cuando se trata la historia.

¿Qué le puede llegar al público que, aborrecido de fechas y nombres por una larga tradición de enseñanza, decidieron obviar una asignatura fundamental como la Historia?

Una práctica común y hasta recomendable es la usada por muchos escritores con ganas de desarrollar su intelecto a través de la palabra escrita y que siendo una labor cuyo cometido es verdaderamente un ejercicio mental agotador en ideas y reconstrucción de lagunas insalvables que nos deja la Historia, hoy os propongo reflexionar sobre un tema: novelar la historia.
 
Si en algunos casos, nos puede intrigar o tan siquiera provocar curiosidad la llegada de tradiciones heredadas, cuánto más lo será la propia Historia, que traída de las manos de los historiadores, van filtrando el tiempo para reducirlo a hechos, acontecimientos y procesos que albergan la naturaleza y condición del ser humano en largos períodos y que para que se puedan conocer, los trabajan sacándoles el máximo rendimiento para su conocimiento público. La novela histórica, curiosamente es una forma de enriquecer esa visión puramente histórica, pero filtrada por un escritor que puede ser o no, historiador.
 
Y si además, haciendo uso de un lenguaje muy asequible, su llegada es bien recibida por cuantos la leyeron, han hecho de la narración de hechos y acontecimientos, partícipes en grado de observadores que se identificarán con algún momento expresado.

Y eso, sin ahondar en las pasiones que se deriven por el gusto que se tenga en una época determinada de la historia, en un personaje concreto...

No se trata de sustituir la historia por la novela histórica, sino de escribir relatos, historias, etc. que tengan que ver con la Historia, que nos animen a leerla, a pensarla, hasta aprender de ella... y de esta práctica, se pueden distinguir dos formas de hacerlo:

-          por un lado, ceñirte a los hechos y a los personajes, de manera que estos existieron, fueron reales, pero en la imaginación del novelista está la forma de escribirlo para transmitírselo al lector. Un ejemplo lo vemos en Napoleón de Max Gallo.

-          por otro lado, se pueden coger los hechos históricos y usarlos como telón de fondo para desarrollar tramas inventadas. Ejemplo de ello es El nombre de la Rosa de Umberto Eco.

De esta forma se va más allá, la Historia se complementa y se hace más asequible, lo que no quiere decir más creíble, pero sí más humana, menos fría. Para otra ocasión se quedará el reflexionar sobre otras formas de escribir la Historia a través de la poesía, de representaciones artísticas, de cuentos...

En definitiva, novelar la Historia, puede ser una práctica edulcorada que permite anecdotizar períodos, hechos e incluso protagonistas, que siguen en continuo estudio para los historiadores, que por su afán en acercarse –y digo sólo acercarse- a la verdad, siguen replanteándose una y otra vez, un enfoque representativo de la historia para toda la sociedad, y en definitiva, para el hombre en particular.

 

4 jun 2013

Concepto: Aculturación.



NOTA: Este concepto ha sido definido por el autor que se referencia bibliográficamente. Si tienes una idea parecida o diferente, aquí tienes tu espacio donde exponerla. Completemos el concepto con tu opinión porque tu comentario también es importante para quienes quieren aprender. Gracias de antemano!!

26 may 2013

Concepto: Estado.



NOTA: Este concepto ha sido definido por el autor que se referencia bibliográficamente. Si tienes una idea parecida o diferente, aquí tienes tu espacio donde exponerla. Completemos el concepto con tu opinión porque tu comentario también es importante para quienes quieren aprender. Gracias de antemano!!

21 feb 2013

La Microhistoria.


 ¿Una nueva versión actualizada de la historia que nos enseñaron en las aulas?
 
No diré lo que es, pero sí lo que supone.
 
Y supone volver a mirar al pasado, rastrear huellas dejadas por individuos que aparentemente son comunes, anónimos, modestos... pero que hubo algo de extraordinario en sus vidas y de algún modo, el historiador ha dado con su pista, rescatándola de la oscuridad en la que estaba sumida y le ha dado carne a los huesos, sentido a una luz que el tiempo perdió en la oscuridad de los grandes acontecimientos para que hoy día entendamos nuestro presente.
 
No se trata de grandes personajes a los que todos terminamos conociendo porque por nacimiento se les otorgó el derecho de gobernar subiendo al trono de su país, de su reino...  no se trata de grandes figuras cuyo carácter presidió el gobierno de un pueblo y con ello el de tantas y tantas vidas... tampoco se trata de grandes milicianos que comandaban ejércitos más allá de sus fronteras, de su patria, de su origen porque la política de algún rey exigía su movimiento estratégico... no se trata de aquellas caras conocidas que encabezaron grandes protestas o revoluciones y cuya popularidad movió a grandes masas gracias a su carisma... no se trata de los personajes, sino de las personas.
 
Y sólo son hombres y mujeres en el tiempo, que vivieron todas esas circunstancias de la vida... son cada uno de esos a los que se llama masa, pero al fin y al cabo, de uno en uno y desde su punto de vista, porque algo hizo que el historiador reparara en ellos: pudo ser un caso de herejía, pudo ser un caso de delito muy conocido y que políticamente fue juzgado –y digo políticamente juzgado, a sabiendas que las pesquisas para determinar la verdad en su momento no fuera de interés conocerse-, pudo ser  cualquier cosa que dejara huella, su huella, su marca...
 
Son individuos con nombre y apellidos, desenterrados de los archivos, que vivieron en una época y a veces contra su propio tiempo, pero al fin y al cabo, vivieron y quedaron registrados de algún modo en la historia más desconocida, en el inmenso espacio del tiempo, en el inabarcable período de unas vidas que forman parte de nuestros antepasados.
 
Y no son anécdotas, no son curiosidades, no son imágenes pintorescas... sino personas modestas tomadas como testimonios determinados de los grandes hechos o procesos y que el historiador rastrea haciendo uso de otras disciplinas (sobre todo el análisis arqueológico, el mapeo genético, la tradición...),  para interpretar desde la pequeña escala las realidades sociales y hechos cotidianos, que son la base en torno a la cual giran el desarrollo y el desenvolvimiento de esa Historia con mayúsculas de la Humanidad.
 
Por tanto, la microhistoria supone tratar de entender una nueva dimensión del conjunto de los sucesos históricos en su verdadero contexto, comprender cómo las personas interpretan su momento histórico y cómo, a través de esa interpretación, responden a los problemas que se les plantean. De ahí que se le otorgue el calificativo de historia más profunda, “examen con lupa” del pasado, investigación monográfica para otros, pero al fin y al cabo, nos revela dimensiones no perceptibles desde una escala más amplia o global por dejar en la oscuridad múltiples realidades que se olvidan y que son simultáneas a todos esos sucesos históricos, que en su particularidad, también devienen a pesar de los “grandes acontecimientos”, en su espacio y tiempo propios.
 
Y lo mejor que supone esta forma de hacer historia, es, no sólo la manera de concebir la historia y practicar ese oficio que tiene el historiador, sino que haciendo uso de un renovado interés por acercar esa realidad pasada, utiliza el elemento narrativo para introducir al lector en una relación especial de intimidad con los personajes que vivieron, ya que existe una precariedad real de nosotros en relación con el pasado. O lo que es lo mismo y para entendernos, la narración vuelve también con el historiador rompiendo los esquemas de las obras historiográficas clásicas o habituales, consiguiendo agilizar la lectura y que lo narrado sea más creíble en la medida en la que se logra una participación en la construcción del argumento histórico por parte del lector al que se le envuelve en una especie de diálogo con el pasado.
 
Y llegados a este punto, se me hace curiosa una afirmación sobre la microhistoria de un historiador mexicano: “la mueve una intención piadosa: salvar del olvido aquella parte del pasado propio que ya está fuera de ejercicio”. Su nombre, Luís González y González.
 
La microhistoria, por tanto, supone un avance hacia representaciones más realistas y menos mecanicistas y por ello, los temas a los que intenta abarcar son muy variados: vida cotidiana, antropología, historia de la pintura o de la arquitectura, y un largo etc., abordados desde perspectivas sociales.
 
Como ejemplo, no citaré a ningún historiador de microhistoria o alguno de sus libros más célebres. No, me voy a limitar a exponer un ejemplo tan sencillo que leí  y que arrojó bastante luz sobre lo que hoy me ocupa: la sal.
 
¿Qué conocemos de la sal? Para el químico, será cloruro de sodio; para el médico de mi abuela, un elemento nocivo para su salud porque le sube la tensión arterial demasiado; para mis comensales, un elemento que enriquece mis guisos; para los más pequeños, que viene del mar o de las salinas; para otros incluso, que en tiempos remotos era un artículo más apreciado de lo que es hoy día y que para obtenerla exigía emprender viajes en los que los comerciantes caminaban a través de la ruta de las especias atravesando desiertos, por poner un ejemplo.
 
Sin embargo, para entender el significado que tuvo en otro tiempo y comprender su valor en nuestros ancestros, no nos valen las fórmulas químicas, necesitamos historias, aquellos relatos procedentes de aquellos comerciantes que vivieron aquellas travesías, narraciones en primera persona de aquellos protagonistas.
 
Y claro, la forma tradicional es la reconstrucción de las estructuras comerciales de las especies en la Europa medieval y moderna, que nos permite tener un conocimiento del panorama general de aquel pasado.
 
Pero llegó la microhistoria y haciendo uso de aquellas narraciones, tomo a un individuo como testimonio y lo usó para mostrar al lector lo que era, para ese individuo y los suyos, la obtención de ese artículo llamado sal.
 
Y para terminar, citaré a John Lewis Gaddis quien plantea con total claridad una pregunta: “¿Quién habría pensado que hoy día estudiaríamos la Inquisición a través de la mirada de un molinero italiano del siglo XVI, la Francia prerrevolucionaria según la perspectiva de un obstinado sirviente chino, o los primeros años de la independencia norteamericana a partir de las experiencias de una partera inglesa?”. Pues bien, con el microhistoriador, hoy es posible. La historia deja de ser un pasado extinto y comienza a emerger con voz propia, cual llama a la vida para acercarnos personalmente una realidad cubierta de un tupido velo en el que la interpretación de los datos reciben nombre y apellidos reales y verídicos.


13 ene 2013

El libro.



El libro, uno más entre los soportes de la escritura.

¿Qué es un libro? Algo tan cotidiano y que sin embargo ha atravesado procesos de cambios, relaciones íntimas con la propia escritura, batallas de supervivencia en el tiempo, demandas sociales, censuras, enfermedades, creatividad artística a través de sus ilustraciones…

El hombre ha recurrido a los materiales que a través de su entorno tenía, y el libro ha sido uno de los mayores protagonistas de su tiempo. Una necesidad de contener información relativa al mismo entorno que gobierna al propio hombre (ya sea laico o secular) y en ocasiones más allá de esos límites, explorando la imaginación de cada uno, a veces, por derroteros castigados de experiencias, y a veces, por la inventiva exploradora.

Sin embargo, no es el único material que se ha usado para contener información escrita. Es sabido que la mayor parte de la historia de la civilización escrita del hombre recae en innumerables siglos en los que la escritura ha sido un obsequio relativamente joven en comparación con las representaciones que el hombre hacía en épocas tabernarias y que resultan –estas últimas-  ser tanto o más abrumadoras que la propia escritura.

Pero fijar los pensamientos ha sido una constante del hombre, que ha recurrido a materiales como la piedra, la arcilla, el papiro, el papel… materiales que la propia ciencia cataloga como materiales escriptóreos.

Y su forma, también sujeta al cambio temporal y a la subjetividad que el hombre empeñe en ellos. Sin duda, es la parte más modificada, pero no la única. No sólo ha cambiado la tipología de la letra en la escritura, sino también la forma de presentación de dicha escritura en los soportes disponibles y las demandas sociales, que sin duda, juegan también un papel importante en toda la Historia del Libro.

Pero aún yendo más allá, arrastra consigo dos aspectos importantes, dos técnicas asociadas al libro: la ilustración y la encuadernación. Éstas, le dotan de un espacio y un tiempo determinado, ya que sin lugar a dudas, el libro no sólo es un objeto, sino también un contenido cambiante como reflejo de la sociedad a la que pertenece, evolucionando con las circunstancias históricas, las intencionalidades que represente, las utilidades que se hagan de él y su función en la vida del hombre, ya sea a nivel individual o ya sea a nivel social.

En cualquier caso, la aparición de la escritura sobre soportes escriptóreos supone la eliminación de una barrera lingüística: la oral. Y al mismo tiempo lleva implícito la necesidad de que perdure en el tiempo, al igual que la necesidad de poder ser transportada. Ya hablé al principio de la relación íntima que hay entre la escritura y el libro, una asociación tan fuerte que hace al hombre, como ser racional, intermediario único y exclusivo de esa relación.

Y a modo de curiosidad, he de decir que el libro también enferma, algo que parece paradójico. Recuerdo la primera vez que oí decir que un ordenador podía tener un virus y la verdad, ya me imaginaba con el paquete de clines en mano frente a la pantalla de mi PC y buscándole una abertura para meterle el termómetro. Pero afortunadamente, de eso hace muchísimos años ya. En este caso, el del libro, enferma por el material que se ha usado, expuesto a ataques de microorganismos, incluso de insectos y su enfermedad se propaga por contagio hasta que llega el restaurador, especialista liberador de su plaga, que los somete a desinfección, algunas veces, quirúrgicamente, y otras, a través de tecnologías más avanzadas como el láser.

16 dic 2012

El trabajo del historiador: acceder a las fuentes de los Archivos.


En el trabajo de investigación de un historiador, nos enfrentamos al reto de buscar fuentes para nuestros estudios. Hasta ahí, nada que no se asemeje a cualquier otra disciplina que pretenda hacer investigación.

El lugar de procedencia de dichas fuentes suelen ser, principalmente, los Archivos y las Bibliotecas y el material del que arrancan dichas investigaciones parten de documentos que suelen estar catalogados, índizados y con suerte informatizados.

Lo curioso del caso, es el acceso a dichos lugares. No todos pueden acceder a la documentación que se custodia en los archivos, que son la base de lo que me he ocupado en esta entrada.

Recuerdo que para un trabajo de medieval, en el que se hacía necesario la consulta de actas notariales, necesitaba un permiso especial que debía otorgármelo el mismo profesor que me empujaba a investigar dentro del archivo. Y lo más curioso, es que dicho permiso me limitaba el acceso al material. Sólo podía acceder a lo que el permiso pertinente me daba pase. Desde luego, hablo de un archivo público.

Sin embargo, aunque lo público no parezca suficiente para las alas del investigador,  también está el privado. Esos archivos suelen estar mejor conservados, pero su accesibilidad no vale con la extensión de un documento por parte del tutor de turno que garantice que yo sólo estoy investigando y que ese es mi único propósito. En este tipo de archivos juega un papel importante lo que algunos llaman “encanto personal”. En algún sitio leí que ganarse al personal encargado de este tipo de archivos de titularidad privada suele ser fundamental para acceder a su documentación. Como solía decir uno de mis profesores de historia “es muy difícil poder acceder a ellos porque a nadie le gusta que se rebusque entre sus cosas”.

Y si bien es cierto que acceder a las fuentes para una investigación supone un envite burocrático de permisos, firmas, confidencialidades, etc, es tan sólo el comienzo de la investigación. El siguiente paso tras acceder a las fuentes es su estado de conservación.  El paso del tiempo también hace estragos en la documentación que guardan los archivos. Y lo peor no radica en esto solamente, sino que además, dada la historia de nuestro país, en este caso, la acción humana también ha hecho su intervención. Sin duda es milagroso que la documentación original llegue a manos de los estudiosos sin lagunas, sin pérdidas, con transcripciones fiables, sin que hayan sufrido actos de vandalismo durante su camino por la historia del Hombre… Y cuánto más retrocedemos en el tiempo para estudiarlo, más sujetos estamos a las propias inclemencias de este.

Cuando los documentos llegan a manos de un investigador de la historia, se enfrenta a problemas como su estado de conservación, que sea legible (y a ello apelo a una de las ciencias auxiliares de la historia: la paleografía, que sin duda comparte protagonismo en esta fase de investigación), al dominio de lenguas muertas (como el latín), su catalogación dentro del archivo al que pertenezca la documentación y una cosa que agradecemos mucho a la hora de investigar: su informatización. Eso sí que ahorra en tiempo al investigador. La informática, una tecnología que hace revitalizar la labor del investigador que la pone a su servicio como un instrumento de trabajo.

Pero en el trabajo de un investigador no siempre se tiene claro lo que se busca. Hay ocasiones en las que sí -y esas ocasiones son las mejores-, pero cuando se necesita encontrar datos precisos sobre un tema muy concreto, la dificultad está en la casualidad de encontrar lo que buscamos, dejando en manos del azar la continuación de nuestra investigación, azar que no es exclusivo del estudio de la Historia ¿Acaso la manzana que le cayó en la cabeza a Newton cuando pensaba en su teoría de la gravedad no fue casualidad también?

Con todo, y con una finalidad más hacia estudiantes de historia cuya intención sea la de investigar, me veo haciendo un repaso de la red de Archivos Públicos y Privados, que pueda facilitarles su labor en el estudio del amplio espacio temporal que es la Historia escrita del hombre. He aquí un resumen de ellos en España:

 1. ARCHIVOS PÚBLICOS:

1.1. ARCHIVOS DE TITULARIDAD ESTATAL:

- Generales:

  • Históricos (Archivo de la Corona de Aragón (A.C.A.) (Barcelona), Archivo General de Simancas (A.G.S.) (Simancas), Archivo General de Indias (A.G.I.) (Sevilla), Archivo General del Patrimonio Nacional (Madrid), Archivo Histórico Nacional (A.H.N.) (Madrid)).
  •  Intermedios (Archivo General de la Administración Civil del Esado (A.G.A.) (Alcalá de Henares)).
  • Administrativos (los de los Ministerios, Cortes Generales (Congreso y Senado), Consejo de Estado, Tribunales Supremos de Justicia y de Cuentas, organismos y empresas autónomas del Estado, etc).

- Regionales y de Distritos:

§  Históricos: De Distritos Históricos (Archivo de la Real Chancillería de Valladolid y el Archivo de la Real Chancillería de Granada) y Regionales Históricos (Archivo del Reino de Valencia (Valencia), Archivo del Reino de Galicia (La Coruña), Archivo del Reino de Mallorca (Palma) y el Archivo General de Navarra (Pamplona)).

§  Intermedios: Depósito Regional de Archivos de Cervera (Lérida).

§  Administrativos: Archivos de las Audiencias Territoriales de Justicia y Archivos de las Universidades.

- Provinciales: Archivos Históricos Provinciales.

- Otros archivos con documentación de ámbito estatal pero no dependientes de la Administración Civil del Estado, como por ejemplo: Archivos Generales Militares de Segovia, Guadalajara y Ávila, el Archivo General de la Marina “Álvaro de Bazán” (El Viso del Marqués) el Archivo del Museo de la Marina Naval (Madrid) o el Archivo Histórico del Ejército del Aire (Villaviciosa de Odón en Madrid).

1.2. ARCHIVOS DE COMPETENCIA AUTONÓMICA:

- Archivos de la Administración Autonómica.

- Archivos de la Administración Local: Archivos de Diputaciones Provinciales, Archivos Comarcales y Archivos Municipales.

 2. ARCHIVOS PRIVADOS:

2.1. ARCHIVOS ECLESIÁSTICOS: Catedralicios, diocesanos, parroquiales, conventuales o monacales y los derivados de otras instituciones eclesiásticas como colegiatas, hospitales, cofradías, fundaciones y patronatos, etc.

2.2. ARCHIVOS PARTICULARES:

- Archivos Personales.

- Archivos Nobiliarios.

- Archivos Mercantiles y de Empresas.

- Archivos de instituciones privadas y corporaciones.

 

2 dic 2012

El trabajo del historiador: tanteando lo inabarcable.

 

El trabajo de un historiador es a menudo objeto de debate. Uno entiende que un trabajo así ha de ser lo más objetivo posible y estar dotado de un método científico que permita al historiador trabajar con datos que recoge sin necesidad de implicarse emocionalmente.

Bueno, pues sobre esto hay multitud de hipótesis, reflexiones, libros, argumentaciones… un sin fin de cuestiones relacionadas con ello que hace pensar sobre el trabajo de un historiador que, sinceramente, es más complicado de lo que puede ser en apariencia y que no sólo es leer, sino también interpretar, clarificar tu mente y elevarla a un nivel crítico, buscando la capacidad de aislarse totalmente de lo que se investiga para no forrarlo de criterios personales, para no dotar de intencionalidad aquello que se investiga.

Sin duda, es la parte más difícil de conseguir, pues un historiador no es ajeno a nada, siempre le moverá una motivación, una pasión, un gusto por lo que hace, que en ocasiones viene hasta remunerado.

Historiador, un término que engloba demasiadas facetas.

Y recuerdo una pregunta que siempre martilleó mi mente “¿y para que sirve eso?”.

Los más simples buscan respuestas simples, y se complacen cuando se les responde con las salidas profesionales que tiene hacer una carrera así. Salidas, que son pocas. Miento, muy pocas, en eso no hay imaginación que valga.

Pero intelectualmente es enriquecedor. Algo para lo que no todos están preparados.

Yo investigo, me afano leyendo cualquier punto de vista que cae en mis manos sobre un tema concreto y sin embargo, siempre tengo la sensación de que nunca abarco lo suficiente. Que me quedan lagunas que podrían ser insalvables, que no he terminado todavía, que mi entusiasmo una vez empezado a leer sobre un tema se ceba tanto que no encuentra el momento de parar de buscar y empezar a trabajar con lo que ya dispongo.

Llegado ese momento, el de interpretar todo lo leído, es cuando la escritura comienza su trabajo: intentar transmitir todo lo que he leído de manera que entusiasme a los demás tanto como a mí… Pero resulta imposible. Todos somos diferentes. A ninguno nos interesan los mismos temas, ni la forma de contarlos, ni las fuentes que usamos para trabajar. A veces, ni siquiera coincidimos en los adornos que le ponemos para enmarcarlo, como fotografías, proyección de películas... Podemos tener cierto grado de afinidad, pero coincidir con todos es una labor imposible. Y además, eso implica la propia subjetividad del historiador, su forma de hacerse entender, de mostrar a los demás no sólo el tiempo dedicado a investigar, sino también el jugo que ha sacado de lo que ha investigado.

Uno de mis últimos trabajos en los que estoy metida es sobre el populismo. Quizá demasiado ambicioso para ser tratado en pocas líneas, pero desde que comencé a leer sobre ello, mi entusiasmo ha crecido y me ha desbordado por completo. No me parece suficiente lo leído… Y he aquí uno de los problemas con los que un historiador se enfrenta constantemente en sus investigaciones: la inabarcabilidad, es decir, realmente es imposible leer toda la documentación o material disponible sobre ello. Y no sólo hablo del material disponible, sino también del material al que no tengo acceso.

Recapitulando, el trabajo de un historiador es de difícil adjetivación, su utilidad resulta más intelectual y conlleva problemas de transmisión y de plausibilidad.

Para otro día dejaremos otros problemas adheridos a una profesión cuyo nombre hoy día es sinónimo de desempleo y cuyas raíces empatizaron con la educación de grandes pensadores, así como su análisis ha formado parte del propio tiempo al que esta rama de humanidades trata de acercarse en su estudio para conocer más el pasado, entender el presente y orientar el futuro.

MUCHAS GRACIAS!!

MUCHAS GRACIAS!!
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